Es fácil darnos cuenta de la naturaleza cambiante de nuestras emociones, es curioso que sencillo es percatarnos de como una mala noticia o un suceso inesperado nos entristece de pronto o nos pone de malhumor, como cambiamos de una emoción a otra (estaba tan contenta y ahora de pronto me siento fatal, lo está pasando muy bien y me ha pasado esto y ya me he puesto de malhumor…) parece que tuvieran tendencia malintencionada solo a estropearnos el día, como si se movieran por una pendiente que siempre fuera cuesta abajo, percibimos claramente cuando de estar bien pasamos hasta mal.

Lo cierto es que nuestras emociones cambian en ambas direcciones nuestro sistema emocional reacciona constantemente al mundo que percibimos a través de nuestros sentidos, al mundo de nuestras sensaciones externas y también de nuestras sensaciones internas.
Para expresar gráficamente este dinamismo emocional podemos imaginarnos a nosotros mismos como si nuestra vida fuera un tránsito, un pasear por una superficie elegante, como esas plazas en las que los adoquines forman dibujos a veces de estrellas o líneas que se cruzan, en este caso en nuestro transitar emocional nos imaginamos que pisamos sobre círculos, círculos grandes o más pequeños y en cada círculo estaría el nombre de una de nuestras emociones, el transcurrir de nuestros días y de nuestra vida sería un pisar por encima de ellas, a veces solo rozando y a veces entrando hasta el centro de esa emoción, así pasamos por el círculo de la tristeza (al tener un recuerdo, …) lo sentimos y salimos de ella hacia un estado basal así nos sucedería también con el enfado si alguien nos quita el sitio en el parking o con la alegría, el miedo… entramos y salimos y dependiendo del suceso nos quedamos ahí más o menos, pero no perdemos la capacidad de ver lo que hay fuera de esa emoción.

A veces la emoción es tan fuerte que nos parece que no transitamos por una superficie plana sino- que hubiéramos caído en un agujero del que no pudiéramos salir, cuando esto nos pasa es cuando podemos necesitar ayuda, en esos momentos, la terapia es la mano que te ayuda a volver a sentir el suelo firme debajo de tus pies, volver a reconciliarnos con nuestra emoción como algo que forma parte de nuestras vidas sin someternos, que tiene su función, que no está ahí para molestarnos, y a la que podemos mirar sin miedo y aceptar.

Podemos ver la labor cuidadora de cada emoción y el por qué de su idiosincrasia, así la tristeza habla bajito y deja escuchar y camina lentamente para recuperarnos del dolor de una pérdida, es amable dando la oportunidad a que otros nos ayuden a sobrellevar ese momento, la ira al contrario es escandalosa para asustar a quienes han sobrepasado nuestros límites, la ansiedad nos activa ante una prueba especial o un peligro, la alegría nos acerca a otros con su sonrisa y nos hace más creativos y solidarios, Y así podríamos seguir y seguir, vivir las emociones es parte de nuestra condición de seres humanos, conocerlas y aceptarlas nos hace conocernos y evitar que se desborden, evitar ser lo que llevamos “secuestrados por una emoción”.
Para ello podemos tenerlas en cuenta, ver cómo se reflejan en nuestro cuerpo y ponerles nombre, aceptarlas así, hace que no las veamos como hago dañino sino como parte de nuestra aventura como seres humanos, el hecho es que han perdurado en nuestra especie con una función, esa función es cuidarnos. Así podemos transitar por ellas, usarlas y atenderlas mientras nos cuidan y dejarlas ir cuando nos perjudican, ser amigos de nuestro mundo emocional nos permite vivir esas sensaciones sin miedo, diferenciando ese estado transitorio de lo que es nuestro yo , y así aunque en algún momento estamos ansiosos, enfadados o tristes, si alguien nos pregunta eres feliz podríamos responder, ¡si soy feliz!

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