Ayer realicé este ejercicio con estudiantes del Master de Psicología General Sanitaria en una de las clases más importantes en la formación de un terapeuta, destinada a trabajar sus propias dificultades, problemas y trastornos.

Concluíamos que el contacto humano, las interacciones con personas tienden a infravalorarse en la rutina diaria, nos planteamos que podríamos decir más veces te quiero, aprovechar más las oportunidades para hacer planes con amigos, para compartir más tiempo con los que queremos, conseguir mayor conexión con nuestro entorno.

Pero también surgieron otras reflexiones más personales y profundas acerca de sus formas de enfocar la vida: “no me gusta como organizo mi vida”, “no me hace feliz mi trabajo”, “no disfruto de mi relación de pareja”, “no me gusta lo duro que soy conmigo”…

Me pregunto:

¿Cuál es el motivo por el que no somos del todo felices y no hacemos nada para cambiarlo?

 

Tengo comprobado que nos cuesta más ponernos a cambiar aquellas cosas pequeñas que nos dificultan ser felices, que los grandes trastornos emocionales. Cuando se trata de un problema insidioso, incómodo, en ocasiones lacerante, pero no paralizante, lo solemos dejar para más adelante. Sabemos que fumar mata, pero no hoy y probablemente no mañana. Ahora bien, cuando sufrimos una angina de pecho y nuestro cardiólogo nos prohíbe volver a fumar o moriremos, aumenta la probabilidad de que nos pongamos a abordar ese problema y dejemos de fumar.

Suelo ser muy reforzante con todos los pacientes que inician sus procesos de cambio, pero lo soy especialmente, con los pacientes que deciden abordar problemas, que no les impiden hacer vida normal, pero que está minando poco a poco su bienestar y su salud. Este extra de reconocimiento lo hago porque entiendo que el enemigo más peligroso y al que, en cierto modo, más cuesta hacer frente, es el que golpea flojo. Los que hemos realizado caminatas por el campo, sabemos que se puede andar con una pequeña chinita en el zapato. Sentimos incomodidad, pero es soportable, preferimos seguir andando y no perder la marcha a pararnos. Si el camino es muy largo, ahí se complica la situación. Nos puede crear ampollas y heridas. En cambio, cuando la china es grande, el dolor es tan intenso que no nos queda más remedio que parar, quitarnos el zapato y sacar esa piedra de ahí para seguir caminando. El enemigo más peligroso es el que nos permite seguir avanzando en nuestra vida pero nos erosiona lentamente por dentro. No somos plenamente conscientes de este proceso. Sin embargo, esto nos hace vivir nuestra vida a medias, como con un limitador de felicidad.

 

Y es que a veces tengo la sensación de que la vida nos marca un ritmo muy por encima de nuestra capacidad, y por algún motivo nos vemos impelidos a mantener esa velocidad a toda costa. Me recuerda a mi amigo el deportista, cuando me invita a salir a entrenar con él por el campo. Me gusta la idea de poder hacer 10 km a buen ritmo y por un paisaje de ensueño. Pero la realidad es que no logro alcanzar su ritmo y acabo sacando la lengua, con ardor en los pulmones, puntitos de luz tintineando en mis córneas y pinchazos agudos en el corazón. Ciertamente, no consigo disfrutar ni un minuto de la experiencia ni del idílico ambiente que nos rodea. Es difícil disfrutar con esos niveles de exigencia. Cuando la rapidez y la urgencia no te permite ni ser consciente de dónde estás, ni de cómo te encuentras.

 

Pero esa sensación es antigua, ese ritmo frenético parece acompañarnos desde hace mucho tiempo. Por lo menos, desde jovencitos. Y parece hacerse más relevante conforme más nos introducimos en el engranaje social. Imaginaos una honda como la que empuñó David para matar al gigante Goliat, girando con velocidad creciente, pero en este caso, en lugar del joven luchador, la hacen girar las expectativas familiares, las expectativas sociales, la educación orientada a logros y a productividad, las creencias acerca de nuestra valía y competencia. Y con la misma infalibilidad que tiene la fuerza centrífuga para que el objeto salga disparado, la persona sale disparada al mundo y con su inercia va superando cursos, carreras, módulos, especializaciones, (el mismo impulso hace que sin mucho lugar a la reflexión, la persona continúe disparada enfrentándose a…) oposiciones, empleos, ascensos, pareja, responsabilidades, (y seguimos con la misma inercia) matrimonio, hijos, hipotecas,…

 

Es muy difícil combatir contra lo acostumbrado, contra lo corriente, contra lo esperable. Se necesita mucha fuerza para cambiar el rumbo, para ralentizar la marcha, para detenerse y reflexionar. La inercia nos dice que un cuerpo conserva su estado de movimiento si no hay alguna “fuerza” que actuando sobre él, logre cambiar su estado… Y es entonces cuando, sobrevino esa “fuerza” que cambió nuestro estado habitual de movimiento. Una desgraciada y trágica fuerza natural. Una pandemia que nos obliga a parar, que detiene nuestra inercia bruscamente.

 

Este parón no lo queríamos, no lo escogimos, no lo buscamos, pero sí que podemos decidir cómo utilizarlo. Si la enfermedad lo permite, puede ser un espacio para la introspección y el cambio. Para bajarnos de este frenético ritmo, detenernos a respirar, a beber agua, fijarnos en nuestro entorno y comprobar cómo estamos. ¿Y por qué no? También para quitarnos esa china del zapato si esto fuera necesario.

 

Para ello, podemos plantearnos:

¿Qué me está faltando en esta cuarentena, qué es lo que más echo de menos? ¿En mí día a día, le doy prioridad a esas cosas que ahora noto que me faltan? ¿Qué es lo que NO quiero que siga así en mi vida? ¿Podría hacer algún cambio?

 

Estimado lector: Es ahora cuando le toca asumir un papel activo, ahora podrá usted responsabilizarse de su vida y de su destino. Ahora podrá elegir si el camino por el que le llevó el impulso inicial era el que quería escoger o si decide cambiar de rumbo. Es difícil contrarrestar las fuerzas que le empujaron hacia tantos años de inercia irreflexiva, lo sé. Pero se puede y merece la pena intentarlo. Existen energías movilizadoras que pueden impulsarle con potencia equivalente hacia la dirección que usted decida. Estas son: la firme creencia en que tenemos derecho a ser felices y que sólo nosotros escogeremos el camino para lograrlo, la confianza y el amor en nosotros y en los nuestros, la autoempatía y la autoaceptación incondicional.

 

Es un buen momento para hacernos estas preguntas y reenfocar algunos aspectos de nuestra existencia.

 

Quién sabe, quizás dentro de unos meses podamos echar la vista atrás y decir:

 

Tuvo que ocurrir una pandemia para que me diera cuenta de que …

…y ahora lo he cambiado.

 

Fabián Cardell Muñoz

Psicólogo General Sanitario

Auba Psicología

 
 
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