Llegan las navidades, y aunque este año son algo atípicas entre virus y restricciones, los niños (y muchos adultos) siguen viviendo esta época con gran ilusión y con ganas de portarse mejor que nunca para conseguir sus merecidos regalos pero… hay algunos que empiezan a sospechar sobre aquellos “seres” que montan en trineo por el cielo o se cuelan en sus casas con camellos sin hacer un ápice de ruido, y es en ese momento en el que los papás y las mamás entran en crisis. Pues bien con este pequeño escrito saldremos de dudas sobre cómo hacer que esta noticia agridulce sea más dulce que agri.
Empezaremos mencionando por qué es tan importante mantener la tradición e ilusión de los niños y para eso nos tenemos que remontar a los grandes precursores de las teorías del desarrollo cognitivo en los niños: Piaget y Vygotsky. Piaget nos enseñó que los niños son “pequeños científicos” que tratan de interpretar el mundo pero tienen su propia lógica, diferente a la del adulto. El pensamiento de los niños va cambiando según ellos van madurando y son capaces de realizar conexiones más complejas entre las ideas que van adquiriendo sobre ellos y el mundo.

Entre los 2 y los 7 años a los niños les encanta participar en juegos de fingimiento y expresar sus ideas sobre el mundo por medio de dibujos. Es decir, los niños entran en un primer contacto con el mundo pero no aplican una lógica científica sino que utilizan un pensamiento más mágico (es la edad perfecta para que los padres y madres que quieren dar sus pinitos como magos, tengan un público fácil), y por tanto viven con ilusión y sorpresa cada uno de los detalles de su alrededor. Es el momento de favorecer la creatividad y la imaginación ya que en este periodo de edad los niños se caracterizan por su curiosidad y espíritu inquisitivo y van generando sus “teorías intuitivas”.

Durante los años de primaria (de los 7 a los 11 años), el niño empieza a utilizar las operaciones mentales y la lógica para reflexionar sobre los hechos y los objetos de su ambiente, es decir empiezan a plantearse conceptos como que un señor mayor y con sobrepeso quepa por una chimenea, que los camellos entre por el ascensor y la puerta de su casa, que los renos vuelen o que incluso un ratón (llamado Pérez) pueda guardar los dientes de todos los niños del mundo (de esto ya hablaremos en otro momento). Por tanto, es en este rango de edad donde pueden comenzar sus dudas sobre esos “entes” navideños a los que tanto aprecian.

Estas dudas no quedan disipadas fácilmente porque hay un gran factor en contra: la sociedad. Y es aquí donde entra Vygotsky en juego.
Vygotsky plantea que el conocimiento no se construye de modo individual sino que se coconstruye entre las personas a medida que interactúan. Según Vygotsky, el conocimiento se localiza dentro de un contexto cultural o social determinado. Por tanto, si el alcalde de Madrid deja todos sus quehaceres para atender a sus majestades los reyes de oriente o se cortan calles para que pasen las carrozas con reyes y pajes… ¡tiene que ser real!
La sociedad, por tanto, puede hacer que sus dudas lógicas queden aparcadas y la ilusión se mantenga, por lo menos, otro año más.

Entonces… ¿Cuál es la mejor edad para comunicarles la noticia?

Como hemos mencionado, la edad en la que estarían cognitivamente preparados sería entre los 7 y los 11 años dado que se encuentran en el momento óptimo para comprenderlo. Además entre los 6-8 años es común el miedo evolutivo a los “seres sobrenaturales” por lo que puede que además de sus dudas lógicas aparezcan miedos internos que hagan que quieran aclarar este tema cuanto antes.
Después de los 11 años por supuesto también lo comprenden, pero no debemos olvidar (como hemos visto con Vygotsky) que viven en sociedad y que si llego a tener mis primeros granitos de acné aún creyendo en los reyes de oriente es probable que mis compañeros me desmonten la ilusión de manera menos suave de la que lo harían mis padres.

Tampoco tenemos que olvidar que nuestros pequeños son Generación Z (niños nacidos a partir del 1990/2000 hasta la actualidad). La generación Z se define como aquella generación que desde su temprana infancia interactúa con medios digitales, esto significa que manejan de manera fluida dichos aparatos y que por tanto, pueden llegar a solucionar sus dudas en estos medios.

Que se lo digamos, ¿apacigua el impacto emocional?

Pues… depende de a lo que llamemos “apaciguar”. Emoción van a sentir (esto no se elige) y las más probables están relacionadas con el enfado (“¡esto es una estafa!”) y/o la tristeza (“me habéis engañado”). El objetivo no es que no aparezcan dichas emociones sino sostenerlas y ayudarles a que comprendan la motivación que ha llevado a ello, que comprendan que el que lo sepan no cambia las cosas (van a seguir teniendo sus regalos) y que lo integren como una tradición entendiendo que ahora forman parte de ella de manera distinta.

Tips para elegir el momento y la forma:

Pueden suceder varias situaciones:

• El niño/a te pregunta o te expresa sus dudas. No le mientas, pregúntale qué cree él que ocurre y así sabrás hasta dónde llegan sus sospechas y sus razonamientos. Si aún hay pensamiento mágico e ilusión, continua con ello, quizá puede esperar un año más.

• Te da él/ella la noticia a ti. Nos lo pone más fácil, el objetivo en este caso es aclarar que es una tradición y el papel que va a jugar ahora en ella.
En cuanto al momento, si no estamos en ninguna de las situaciones anteriores pero consideramos que está llegando a una edad en que es importante que lo sepa, es crucial no decírselo en navidad cuando ya han escrito sus cartas y tienen toda la ilusión acumulada. En estos casos es preferible o hacerlo tiempo antes o tiempo después.

Forma de explicar la tradición de los reyes magos:

“Cuando el niño Dios nació, tres reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto y el niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los reyes, Melchor, dijo:

-¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.

-¡Oh, sí! Exclamo Gaspar-.Es una buena idea, pero es muy difícil hacer esto. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros
regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos.

-No os preocupéis por eso – dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo. Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños?- preguntó Dios.

-Sí, claro, eso es fundamental, asintieron los tres reyes.

-Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?

-Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje, respondieron cada vez más entusiasmados los tres.

-Pues decidme, queridos reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?

Propongo que todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen, mientras los niños sean pequeños harán como si lo hicierais vosotros mismos y cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contaran esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños también harán regalos a sus padres en prueba de su cariño”.

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